10/03/2010Analisis Película2012por A. Viale y F. Canevari
Año: 2009Titulo Original: 2012Dirección: Roland EmmerichElenco: John Cusack, Amanda Peet, Danny Glover, Oliver Platt, Thandie Newton Pareciera que Robert Emmerich quiere poner el cine catástrofe al límite: siempre encuentra algo nuevo con lo que destruir la humanidad. Esta vez no es Godzilla, ni egipcios prehistoricos, ni invasores galácticos, ni el cambio climático. Esta vez es una interpretación muy de moda en esta época sobre el calendario largo maya, que nos cuenta que el cambio de ciclo significa una catástrofe a escala mundial. Aunque todo esto, con algunos toques personales. Desmenucemos, aunque algunos crean que no valga la pena.
Cine Catástrofe.
Nadie podría dudar que Roland Emmerich es un gran nombre del cine catástrofe. Más allá de que sus blockbusters puedan ser considerados más como el aniquilamiento del género, que como su máximo logro, al menos nadie puede negar que el hombre ha dejado su huella.
El cine catástrofe ha ido in crescendo. Comenzó con aquellos lejanos antecedentes de la edad de oro, en que la catástrofe era a pequeña escala y la obra solía ser maestra: “Aeropuerto”, “Infierno en la Torre”, “La Aventura del Poseidón”, “La Amenaza de Andrómeda”. Hoy hemos llegado a una época en que la destrucción parece no tener límites. Las antes mencionadas, en comparación a las catástrofes que suceden en el cine de hoy, parecen obras minimalistas. La catástrofe, con el correr del tiempo, se fue haciendo cada vez mayor: Previo paso por volcanes gigantes, inundaciones terribles, y meteoritos apocalípticos, el cine de Roland parece llevar la lógica de cuanto más grande mejor a un límite: en su subvaluada “El Día después de Mañana”, destruía el hemisferio norte; hoy le ha llegado el turno al mundo, o al menos, a la civilización tal como la conocemos. 2012 no se queda corto en nada. Es una larga carrera de un grupo de seres humanos por la sobrevivencia. Aunque, claro, con la varita naif y superficial de Roland.
El Apocalipsis.
El 2012 será catastrófico. Alguna mención maya sobre un cambio de ciclo (lejos estamos de ser expertos en la mitología maya) ha sido retomada y reformulada hasta el hartazgo por infinidad de grupos que por pura comodidad podríamos asociar a la new age, y que se caracterizan por el sincretismo y la falta de rigurosidad, cualquiera sea el objeto que pretendan estudiar. La cercanía de la fecha, sin embargo, se hizo sentir, y el nombre vende; sin embargo, la explicación que se pretende dar, tiene toques (pseudo) científicos. Se dice algo sobre los neutrinos, el sol, y el calentamiento del núcleo terrestre. No es nuestro estilo hacer pelear a la ciencia con la ciencia ficción; no nos gusta, ni nos parece lógico, pues el arte no tiene por qué parecerse a la realidad. Lo que si nos llama la atención es lo que sucede con el planeta luego. Alejados ya de cualquier idea científica seria, se entra en una teoría no poco conocida, pero que extrañamente (a diferencia de la “profecía” maya) no está de moda: la teoría que afirma que la corteza terrestre puede moverse, de Charles Hapgood. Sin irnos demasiado lejos, la teoría se opondría al paradigma geológico vigente (la tectónica de placas) y afirmaría que en determinados momentos la corteza terrestre puede desplazarse, y los polos (por dar un ejemplo que se ve en 2012), quedar en otro lugar.
Menudo Apocalipsis tenemos en la película, que además de ser una versión aggiornada de la historia bíblica de Noé, combina efectos especiales, profecías mayas, palabras científicas como “neutrinos” y “núcleo”, y una teoría geológica ampliamente divulgada por las pseudociencias, pero sin asidero científico oficial. Después acusan a los guionistas de Hollywood de falta de imaginación.
La Historia. Los Personajes. La Catástrofe.
¿Cómo describir la película en 25 palabras? La civilización se destruye, una familia se salva, y en el intento se une. Pero usemos algunas más. A las teorías anteriores, se agregan dos historias paralelas: por un lado, un científico joven que tiene tiempo para flirtear con la hija del presidente mientras el mundo se derrumba; por el otro, una pareja divorciada (con un incómodo marido en medio) y sus hijos, que intentan sobrevivir a la catástrofe escapando (siempre al filo) a la destrucción. ¿Es que acaso hay un lugar al que escapar si la corteza del planeta se mueve de la manera que lo hace, y si todo se destruye? Pues sí, porque los poderosos del mundo crearon unas gigantescas arcas de Noé (estilo siglo XXI) en el que quienes lo merezcan podrán sobrevivir. La escala meritoria, por supuesto, es arbitraria: se salvarán quienes tengan el dinero para adquirir su ticket, o quienes tengan los contactos para ingresar. Y nuestra familia, por supuesto, a la que deberemos soportar toda la película, mientras se enfrentan (juntos) a la temible catástrofe, y comprenden (parafraseando a Dorothy, y en el mismo estilo conservador) que no hay nada como la familia unida.
Entre los personajes totalmente superficiales, uno se destaca, aunque sólo por el cariño que le tenemos: totalmente estereotipado, el loco Charlie (Woody Harrelson), que nos da la clave de la película en torno a la teoría de Hapgood, es uno de esos paranoicos que mete las narices donde no debe porque sabe que el gobierno oculta información, pero nadie le cree. Y que dicho sea de paso, es sospechosamente parecido al personaje Max Fenig que aparece en algunos capítulos de la serie “The X Files”: ambos con aspecto descuidado, pelo largo, viviendo en una camioneta donde guarda todos sus datos, rastreando información secreta, etc.
Ahora bien en el fondo la película no deja de ser una excusa para mostrarnos lo que realmente importa: los efectos especiales y las escenas de destrucción. El impacto visual es impresionante. La devastación tiene una aterradora belleza. Terremotos, tsunamis, volcanes... ¡que lindo que es el apocalipsis! Cuando la tierra se va levantando arrasando la ciudad, cuando el Vaticano se desploma, cuando se quiebra el obelisco de Washington, cuando se empieza a inundar el Himalaya, cuando explota Yellowstone, imágenes impactantes que nuestra retina sabrá retener. Pero claro, ¿para que meter la insoportable familia en el medio? Sería mucho mejor la película si no estuvieran estorbando con sus nimiedades semejantes escenas de destrucción. Algunas hasta tienen sentido si uno se lo quiere encontrar: por ejemplo, cuando se quiebra la Capilla Sextina y en la famosa “Creación de Adán”, la pintura se va rajando justo entre los dedos de Adán y de Dios, mostrándonos la separación entre el hombre y su creador. Hay un par de pantallazas donde se muestra a musulmanes en la Meca y a judíos orando pero no pasa de ahí. Según trascendió, Roland se quería cargar también a la Meca pero finalmente lo convencieron que no busque problemas. Volviendo a la devastación, no pueden buscarse planteamientos serios: todo se transforma todo en un parque de diversiones, una montaña rusa de adrenalina pero con un detalle… no hay cadáveres ni sangre (lo que recuerda a la cobertura mediática en el atentado al World Trade Center). Claro, vemos la tierra partirse, edificios desplomarse, autos y trenes volar por los aires pero no logramos divisar víctimas. Estamos del lado de la familia que se ríe de todos porque se va salvando del destino. Que importan esos infelices del mundo que son tragados por las entrañas de la Tierra, lo que importa es el padre que intenta volver a ganarse el cariño de sus hijos y reconquistar a su ex mujer. Un apocalipsis más que naif, como no podía ser de otra manera.
No Estamos Solos
Muchas veces nos preguntamos cuál es el criterio que uno debe utilizar para contemplar cuáles películas merecen ser analizadas, y cuáles no. Si un practica el pensamiento binario, tan simple él, podría decir que pueden analizarse películas muy buenas, con impacto social pobre, o películas como 2012, que aunque agreguen poco a la historia del cine, son vistas por millones de personas, y son por tanto culturalmente tan ricas como otras. Normalmente, intentamos analizar ambos tipos, además de aquellas que lo tienen todo: las que son joyas y tienen un impacto cultural profundo, y las que son un cero a la izquierda, y encima no las ve nadie.
La cuestión es que una película de Roland Emmerich, nos guste o no, tiene un impacto social y cultural asegurado: la verán cientos (o miles) de millones de personas. Lo que la película muestre, de manera implícita o explícita, importa… y mucho.
Tal vez lo que mas nos haya llamado la atención en esta película es que, a diferencia de lo que sucede en otras, Estados Unidos ya no está sólo. Comparemos con Día de la Independencia, ejemplo más claro de la hegemonía norteamericana en la década que siguió a la guerra fría. Allí no sólo el epicentro de la acción se encontraba en Norteamérica; la fecha misma de la independencia de Estados Unidos pasaba a ser ahora una fecha de liberación para todos los seres humanos, y el presidente mismo de Estados Unidos (the horror) pasaba a ser el lider indiscutido de la defensa contra nuestro (más que nunca de todos) sistema de vida, en contra de la tiranía (o la destrucción lisa y llana) propuesta por los alienígenas. En 2012, las cosas ya no son lo que eran. Ha pasado una década, Estados Unidos se hunde, y surge un mundo multipolar. La familia que nos representa será norteamericana, por supuesto, y buena parte de la acción ocurrirá en Estados Unidos; pero las Arcas de la salvación se esconden en China, y a la hora de actuar, los norteamericanos deben consultar a sus iguales. ¿Iguales? No exactamente; más bien diríamos que Estados Unidos pasa a ser un “Primus inter pares”, en un grupo todavía reducido, que bien podríamos asociar con el G8. No es un mundo democrático, pero algo es algo; la película prepara a los norteamericanos para adentrarse en una época en que Hollywood les mostrará que ahora deben (a regañadientes, y despacio) contemplar la probabilidad de compartir el poder.
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