16/06/2009
Analisis Película
El Imperio del Sol
por A.V.



Año: 1987
Titulo Original: Empire of the Sun
Dirección: Steven Spielberg
Elenco: Christian Bale, John Malkovich, Miranda Richardson, Nigel Havers.

Probablemente ninguna persona relacionada con el cine ha influido tanto en la cultura mundial de los últimos treinta años como Steven Spielberg. Esta frase, a primera vista arbitraria, y tal vez polémica, se vuelve indiscutible apenas alguien empieza a enumerar las películas en la que este hombre ha estado involucrado: Tiburón, ET, Indiana Jones, Volver al Futuro, La lista de Schindler, Men in Black, Twister, Jurassic Park. Los nombres sorprenden, e invito a cualquiera a que continúe su búsqueda. Entre tantas maravillas, no es extraño que El Imperio del Sol sea una de las menos recordadas.


Es lamentable, porque El Imperio del Sol, si no es su mejor película, al menos sí es su mejor película de las denominadas “serias” (es decir, eliminando sus maravillosas películas de aventura). Alejada además de la chauvinista Rescatando al Soldado Ryan, El Imperio del Sol es probablemente la mejor de sus películas relacionadas con la Segunda Guerra. Remarco el “probablemente” para evitar el enojo de los amantes de la tan amada y odiada al mismo tiempo La lista de Schindler. Tal vez El Imperio del Sol sea menor que éstas en la conciencia colectiva, por el simple hecho de que los norteamericanos recuerdan con mayor cariño su implacable avance por Europa que su guerra de exterminio en el Pacífico.

La sinopsis de la película la prefiero breve, pues en el caso de una película tan famosa como ésta, el lector puede encontrar la historia en cualquier otra página, o puede (recomendamos esto) simplemente verla. Un niño, hijo de británicos asentados en Shangai, durante los últimos estertores del Imperio, se desencuentra con sus padres cuando las tropas japonesas invaden la ciudad. Este niño, llamado James Graham (y protagonizado por Christian Bale), vivirá durante toda la Segunda Guerra en un campo de concentración japonés, al que es llevado junto con otros ingleses y norteamericanos. El campo se encuentra al lado de un cuartel de aviones del ejército japonés, lo cual es importante, pues nuestro protagonista ama los aviones. Distintas facetas de la vida en el campo ocupan la mayor parte de la película, hasta que el ejército japonés lo abandone, en los momentos de la derrota. Las últimas escenas de la película suceden cuando el campo ya ha sido liberado.

De la película pueden decirse muchas cosas; que puede ser presentada como polémica, por ejemplo, y que es hermosa, sin dudas. No existe película en la que Spielberg no logre grabarnos en la retina alguna imagen para siempre: James tocando por primera vez un avión, y saludando a los aviadores japoneses, es probablemente una de las más famosas. El chico se acerca a un precioso avión, mientras el fondo de la escena se cubre de amarillo gracias a miles de chispas provocadas por alguien que está soldando. Nuestro chico hace la venia a unos soldados japoneses, quienes le corresponden, ejemplificando uno de esos casos en los que enemigos momentáneos logran trascender su propio bando en función de un amor común, en este caso, la preciosa joya que días después seguramente surcaría el cielo destruyendo vidas. La segunda escena extraordinaria ocurre cuando los Aliados bombardean y destruyen el campo. Luego de ver una escena mágica, en la que kamikazes se despiden de su gente (y de su vida) al abordar un avión, Spielberg logra construir unos momentos verdaderamente hermosos, festejando la inconcebible destrucción provocada por los aviones norteamericanos.

¿De qué estamos hablando? Evidentemente hay algo extraño. ¿Cómo puede ser hermosa la destrucción? Puede, de eso no hay dudas; sólo basta con ver las escenas de las que estoy hablando. Uno puede preguntarse, y aquí comenzaría la polémica, si festejar la destrucción de la manera en que lo hace Spielberg puede ser aceptable. Hace un tiempo, una amiga me dijo que había visto Full Metal Jacket, y agregó una frase que aún ronda por mi cabeza, y que probablemente no olvide nunca: “que hermosa que es la muerte”. ¿Puede ser hermosa la destrucción y la muerte? Aquí tenemos un caso en que puede serlo: los aviones bombardeando el campo, matando soldados, destruyendo edificios, ante los festejos de nuestro protagonista, que corre feliz al poder ver por fin a sus queridos aviones en acción, celebrando afiebradamente la devastación. Hace muchos años, allá por 1961, Jacques Rivette, en un escrito titulado “De la abyección”, y hablando de una escena de la película Kapo, denunció una escena en que la muerte de una persona es presentada de manera hermosa. Este escrito, no demasiado memorable en sí mismo, trascendió el contexto en que fue escrito, y es citado siempre que alguien discute la estetización de la muerte en el cine (sobre todo en las películas relacionadas con el Holocausto, como puede observar cualquiera que observe algún artículo relacionado con los problemas de la representación de ese horror). Rivette decía que alguien que presentaba de manera hermosa la muerte en un campo de concentración merecía todo su desprecio. No sé si la cita de este artículo cuadra perfectamente con la escena que acabamos de narrar, aquella en que los aviones aliados destruyen hermosamente el campo japonés; ejemplos en los que la guerra y la muerte es presentada de manera bella no faltan en casi ninguna película bélica (incluso, muchas veces, en las que denuncian la guerra, como en el caso de la escena más famosa de Pelotón). Lo que es seguro, es que esta discusión cuadra perfectamente con la escena más hermosa de la película (y, tal vez, con la escena más hermosa de las que haya filmado Spielberg). Esta escena se vincula con la explosión de la bomba atómica. Convengamos en que la escena, por su propia hermosura, es inefable; digamos simplemente que nuestro protagonista, ya liberado, ve morir a una mujer que lo acompañó durante sus años en el campo, cuando la pantalla se vuelve blanca; acto seguido vemos una luz cegadora (ninguna palabra podría combinar el significado de radiante, espléndido, apacible y sublime; asumo que sólo puede hacerlo una imagen). El aire se mueve y se vuelve colorido, y James piensa que el alma de su amiga ha logrado realizar ese milagro. Hay distintas formas de contar una explosión nuclear; la más famosa es la clásica imagen del hongo, repetida hasta el hartazgo; probablemente la más ridícula sea también de Spielberg, y puede verse en la última película de Indiana Jones; quien esto escribe recuerda el impacto que le produjo ver una explosión nuclear por dentro, cuando Sarah Connor la sueña en Terminator 2; lo que es seguro, es que pocos directores pueden lograr que ese horror se convierta en algo bello. Spielberg lo logra, y de una manera espléndida, en esta escena de El Imperio del Sol. Yo no estoy de acuerdo con Jacques Rivette; no creo que un artista merezca ser despreciado por estetizar la muerte. Además, Spielberg logra hacerlo recurriendo a un artilugio que vale la pena mencionar: la película está contada desde la visión de un niño. Sólo un niño puede imaginar que la destrucción provocada por los aviones es bella; y sólo los ojos de un niño pueden mostrarnos a la bomba atómica como algo sublime. Es el protagonismo del niño el que nos permite contemplar esas bellísimas imágenes con inocencia, (casi) sin pensar en los costos humanos que esa destrucción conlleva.

Una comparación inevitable, en tanto presenta también la vivencia de un niño en un campo de concentración, se da con La Vida es Bella. En realidad, aunque esto parezca ser así, la comparación es sólo superficial: el campo de concentración japonés y los campos de exterminio alemanes, son absolutamente diferentes. Sin embargo, la comparación que sí puede hacerse deriva de que tanto en una película como en la otra, la visión que obtenemos es la del niño: así puede comprenderse que una película pueda festejar la destrucción, y la otra pueda contar la vida en el campo en tono de comedia (sólo en tono, pues La Vida es Bella es, a todas luces, un drama trágico, y no una comedia, como una mirada superficial podría hacer creer).

La película también contiene una alegoría muy famosa (por lo evidente), cuando el niño arroja a un río las pertenencias que lo acompañaron durante su vida en el campo, dejando de esta manera su vida en el campo atrás. Alegoría menos famosa, y tal vez menos obvia, se da al principio de la película, cuando el niño ya se ha quedado solo, y la (ahora ex) criada de la familia le da un cachetazo; una preciosa manera de hablar del fin del Imperio Británico. Finalmente, y en tono más general, también podemos comprender alegóricamente la relación entre nuestro protagonista y un joven soldado japonés, a partir de una amistad que se da en condiciones adversas, y que es truncada de un modo inútil, como tantas vidas japonesas al final de la absurda guerra.


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El Imperio del Sol
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